El aspersor

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Tan sencillo es enamorarse de una palabra como de una imagen. Aspersor siempre ha sido un vocablo que me ha cautivado. Por su fuerza y por su significado. Me los quedo mirando, agachado en la hierba, como quien mira un lindo bichito. Entonces aparece alguien, se acerca, y descubre que estás mirando el aspersor. La mirada de estás-de-manicomio no se hace esperar.

No sé…quizá esas dos erres que tiene, una en medio tras una poderosa letra pe que hace que la boca estalle, o quizá el contundente cierre con esa erre final tras la siempre rotunda o. Tampoco hay que desdeñar esa a que abre la palabra, y esa ese jugando con el sonido del siseo del agua escupida.

No sé.

Y como imagen, pues qué decir. Esos colores artificiales, rodeados del verde hierba…Hacen que sean auténticos cebos para los enfermos de la fotografía. Supongo que me evoca el discurso de la dualidad, de lo natural y su convivencia con lo artificial, de la necesidad del uno sobre el otro para poder seguir existiendo, de su vinculación con el agua y toda su simbología…O sencillamente me recuerda aquellas escenas a cámara lenta de las películas, en las que alguien se deja llevar por un sentimiento de liberación, y se deja empapar, como bautizándose, y expía sus pecados, redime su vida y renace, casi siempre, para mejor. O eso nos hacen creer.

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