Cerca de la locura

tuerca

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Cuando el río baja lleno, el éxito estriba en conseguir que no se desborde y provoque más males de los beneficios que se deseaban. Cuando el río baja caudaloso, hay que tener cuidado, porque en más de una ocasión te crees en la cresta de la ola, y la verdad es que no controlas nada, y eres una marioneta de esas que tanto te gusta criticar. Te das cuenta de que todo lo que se te llena la boca para con otros, no dejas de serlo tú mismo.

El mejor estado para ir viviendo, que al final es el final de los finales, creo que es mesurar la balanza de modo que no decante demasiado hacia un lado u otro de la tan querida por mí dualidad. Si sobrepesas hacia lo cerebral, mal…Te sueles encontrar con gruesos muros que te contienen el flujo del agua, y no hay desborde, pero tampoco hay vida. Siempre dirigido, hacia la presa, para que tu fuerza se convierta en la energía de otros. Y terminas quemado. No se debe tener un galgo en casa.

Si no hay dique y la fuerza salvaje rige, terminas por entrar en la espiral de la autodestrucción, y lloras por lo no tenido, igual que los leones lloran por su libertad capada en sus jaulas. Al final, todos terminamos llorando por lo que no tenemos, y queremos lo del otro…cosas de la antropología.

De todas maneras, es peor cuando el río baja seco, y no hay nada que controlar, no hay fuerza, no hay adrenalina…y lloras, de nuevo, por que no hay viento que mueva tus olas de río salvaje, y si hay viento, aún lloras más porque tú no tienes olas que mover.

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