La elegancia

armani

Hace ya unos cuantos años que me dedico a este ingrato trabajo del diseño. Por lo general, debes tratar con gente que no sabe lo que quiere, y que lo único que intuye es que quiere que le hagas algo “bonito”. No les culpo. Cada cual sabe de lo que sabe y no se le puede exigir a nadie que sepa de diseño si no es su trabajo.

Pero hay un tipo de peticiones que me atacan directamente al hígado, y el hígado lo castigo a base de ron. Nadie más tiene acceso a mi hígado. Ese tipo de peticiones son las que me piden, para algún determinado trabajo, el concepto de la Elegancia. He buscado por internet, he trillado bibliotecas enteras, me he pateado librerías y librerías a la búsqueda de este Santo Grial, pero el resultado ha sido infructuoso. Nadie se atreve a mojarse, de modo que nadie tiene el coraje (y lo entiendo, ya que eso no se trata de coraje sino de pura estupidez) de definir la elegancia.

Terminé por irme a uno de los iconos de la elegancia, para ver si conseguía, ni que fuese observando su trabajo, descifrar qué o quiénes decidían qué es o qué deja de ser la elegancia. Me fui a visitar la web de Giorgio Armani.

¡Cojones! ¡Pues sí que sabe esta gente del tema! Lo cierto es que comparto criterios de elegancia con ellos. Estoy de acuerdo en que el uso del negro, el blanco, el gris, los movimientos suaves, y las cosas pequeñas, ayudan a acertar en el concepto de elegancia. Otro factor que creo inclina la balanza hacia la elegancia es la limpieza. Las cosas recargadas suelen ser enemigo de nuestro titular. Lo Barroco, y ya en su degradación máxima, lo rococó, no suelen ser sinónimos de elegancia. Pero claro, bien usado…como recurso…pues hasta puede ayudarte a ir por el buen camino.

De modo que no hay manera. No consigo dar en el clavo. Ni idea de qué quieren decir mis clientes con lo de elegancia. A veces voy paseando por la calle y pienso: Tengo que ponerme mi mejor traje, kilo y medio de gomina en el pelo, sacar mi móvil de última generación mientras me quito el auricular del iPod divino de la muerte que tengo, y lentamente, con dignidad, presencia y grandilocuencia, lanzar un buen japo (en mi tierra, un japo es un escupitajo de los de moco, de esos densos que pesan y con los que puedes ganar en una competición de lanzamiento) al aire, bien alto, para que mi cuello dibuje elegantes curvas sinuosas mientras mi mirada repasa la caída del majestuso japo y se estrella contra el suelo.

Bueno, igual elegante no queda, ni cívico, pero que es digno de grabarlo y colgarlo en youtube no me cabe la menor duda. ¡Japo rules !

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