Viaje a Mexico

margaritasBorracho como una cuba, el destino terminó riéndose de mí. Ahí estaba yo, al mando de mi máquina de fotos, con el modo macro en ristre, y dispuesto a capturar los pétalos de aquella margarita.El sudor me caía por la frente y resbalaba hacia mis ojos. Apenas tenía ya sensibilidad en la piel, pero aún me quedaba la suficiente como para saber que aquellas gotas de sudor, iban directas, por las comisuras de mis arrugas, hacia mis ojos. Conocía ya de sobras el escozor del sudor al entrar en mis ojos, así que las prisas me hicieron correr más de lo aconsejable para estar intentando obtener una fotografía en modo macro.La puta margarita no paraba quieta. Yo sé que era mi pulso, pero mi ego me tiene vetado el reconocimiento de mis fallos, así que no mencionaré ni que mi pulso era inaceptable, ni que mi equilibrio era nada recomendable para hacer una fotografía en condiciones. Culparé, por el bien de mi vanidad, a las condiciones lumínicas, al viento que movía la flor…y no sé…a cualquier cosa que no sea yo.Venía de una soberbia comida en un restaurante mexicano de mi ciudad. La comida comenzó con unas cuantas margaritas. Si contase con más de dos manos, podría llevar la cuenta, pero la naturaleza es torpe (de nuevo no es mi culpa) y en vez de preocuparse de dotarnos de más de dos manos, perdió el tiempo en abastacernos con dedos en los pies, inutilidad donde las haya. Aquel veneno dulce y salado fue nuestro compañero durante toda la comida. Fue nuestro introductor, acompañante y finalizante.Y ahí terminé yo. Postrado sobre mis rodillas, quejicoso por no ser capaz de hacer la maldita foto, y castigado por las margaritas, tanto en coctel, como en flor.

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