El juicio perdido

tornillo

Creí haber perdido el juicio. Fueron varias noches sin dormir por el intenso palpitar de un músculo en mi pierna. No podía conciliar el sueño y la obsesión por detener aquel latido iba en aumento. Se convirtió en una gran bola de nieve que no había manera de parar. Yo notaba el latido, el músculo se movía, me ponía nervioso, intentaba pararlo, notaba el latido, el músculo se movía, me ponía más nervioso, intentaba pararlo, notaba el latido.

La tensión era progresiva, siempre al alza. Yo ya no podía más. Tomé tranquilizantes, los mezclé con Hennessy, pero mi angustia subía y subía.

Finalmente decidí salir a dar una vuelta. Era ya entrada la tarde, y caminando no notaba viva mi desgracia. Ya más tranquilo, vi un tornillo, viejo y oxidado muy bien encastrado en una valla hecha de troncos secos. Me acerqué para mirarlo con detenimiento. Paré de caminar. Me agaché levemente, con el respeto que un desequilibrado puede tener sobre un objeto intrascendente. Lo miré y me ví a mí. Me vi. Un tornillo ajado por el tiempo, descontextualizado, azotado y maltratado por el tiempo, enrojecido y áspero.

Y fui consciente de que ya no importaba dormir. Que llegaba tarde a mi cita con la cordura y que, irremediablemente, había perdido el juicio. Me faltaba un tornillo. Me faltaba aquel tornillo.

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