Descuadrado

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Pertinaz y absolutamente ajeno a su voluntad, aquel libro, libreto, o cómo sea su nombre en la interminable jerga de las artes gráficas, me rozaba la pierna cada vez que me dirigía a la cocina a por una cerveza. Como perdí las veces que me levanté a por mi refresco con alcohol, fui perdiendo también sensibilidad, tanto por mi estado ebrio como por el constante roce, siempre a la misma altura, y fiel a la tortura china: poca presión, muchas repeticiones.

Mi pierna terminó sangrando. Al principio sólo fue un leve enrojecimiento del muslo, pero perdí la noción del tiempo y de la capacidad de beber, y terminé, sin conocimiento, mal tumbado en el sofá, con una mancha de sangre sobre la tapicería, y una botella a medio terminar derramada en el apoyabrazos.

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