M&C-14

M&C-14

Rubicundo y rubito, aquel niño me miraba con unos ojos abiertos como si tuviese delante al mismísimo Satanás. Yo, incomodado por aquella criatura de apenas 2 años, acepté el reto. Lo miré fijamente, con la misma intensidad que él lo hacía conmigo. La tensión comenzó a crecer. Él era consciente de la pugna. Yo controlaba los parámetros del adulto, con conocimiento de causa, de intención y de objetivos. Él dominaba, muy muy por encima de mis posibilidades, la intensidad. Era puro fuego. Pura fuerza de la naturaleza.

Pero como reza el anuncio, la potencia sin control no sirve de nada. Y como dice el refrán, más sabe el diablo por viejo que por diablo. Un sucinto ¡UH!, seco y remarcado con un gesto de mi cara, bastó para desencadenar en el niño un llanto desequilibrado, buscando el refugio de su mamá. El niño estalló en un descontrol de la fuerza que llevaba dentro y lloró, sin parar y a pulmón abierto. Desconsolado y derrotado. Me dio lástima y yo mismo lo cogí en mis brazos.

Un observador vecino, que no perdió detalle de la bravía batalla, me miró con ojos de juez popular y susurró un “Qué hijodeputa eres” que me hizo gracia.

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