El día que decida morir

barandilla

Vieja y maltratada por la climatología y el tiempo, aquella vieja barandilla me aferraba a la vida. En más de una ocasión había pensado en lanzarme al vacío. En agarrarla fuertemente, saltar como infante en el parque, y dejarme caer, libremente ya, vacío abajo.

Pero no me convence morir con el tacto áspero de esa barandilla en las manos. Cuando decida morir, decidiré morir limpio. Recién duchado, bien afeitado. No me compraré ropa nueva. Quiero morir como fui. Sin alardes ni artificios. Pero aseado y bien parecido. Con la camisa bien planchada. Sin arrugas. Por fuera del pantalón. Nunca he soportado llevar la camisa por dentro. Con el pantalón con olor a limpio. Suave. Y con una camiseta blanca de algodón bajo mi camisa. Y descalzo. Eso sí. Descalzo.

El día que decida morir, será en honor a la dignidad, con el pleno conocimiento de lo que hago, controlando el momento. Siempre he odiado perder el control. Me ha parecido siempre de muy mala educación y falta de personalidad. El día que decida morir quiero que todo salga según yo lo haya previsto. Con elegancia. Sin ruidos. Y mirando a todos a la cara para poder despedirme sin lágrimas y con entereza.

No quiero tocar esta barandilla el día que decida morir.

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